sábado, 12 de mayo de 2012

El cuchillo/La daga


Que el cuchillo de bronce de la antigua China esté hecho como una mano humana apretando la empuñadura por encima de la afilada hoja, resalta el carácter del cuchillo como emblema no solo de la supervivencia humana sino también del afilado borde de la consciencia humana que ha esculpido las estructuras de sus civilizaciones. Los cazadores de la Edad de Piedra usaban las primeras versiones del cuchillo para matar y desollar sus presas y convertir las pieles en ropa y cobijo. Dando tajos con sus cuchillos, cortando enredadas raíces y tupidos e impenetrables ramajes, abriéndose caminos, y eventualmente tallando diferentes materiales haciéndoles revelar sus formas emergentes. Un implemento esencial en los campos de guerra, la exploración y la aventura, en el taller, la cocina, el estudio de arte y la sala de operaciones, el cuchillo lleva consigo el instinto de matar pero también las energías de la sanación, la creatividad y la magia de la cocina con intimidad y sutileza.

El cuchillo no es un instrumento romo e impasible sino que simboliza la eficacia y la violencia de un filo cortante. Montado sobre una vara, el cuchillo se convierte en una lanza; extendido en su longitud, en una espada cuya versión más pequeña es la daga, especialmente ideada para herir (Enc. Brit. 28:721-2; 3:846). Ambos, cuchillos y dagas se distinguen como armas furtivas y de proximidad, que se pueden llevar ocultas. Usado a corta distancia donde víctima y atacante están separados por menos de la longitud del brazo, el cuchillo evoca las imágenes de muertos en combate cuerpo a cuerpo así como asesinatos sangrientos y mutilaciones, guerras de pandillas y decapitaciones, violencia súbita y traición de las que derivan lo metafórico: “apuñalar por la espalda” y “ojos como puñales”

Su capacidad para un rápido y preciso corte ha dado al cuchillo un lugar destacado en los rituales y en la iconografía de culturas tan variadas como la hebrea, celta, azteca e hindú, donde, como instrumento para dar muerte a las víctimas sacrificiales sobre altares sagrados, libera la libido de fertilización y renovación significada por la ofrenda de sangre. Instrumento tradicional de la circuncisión ritual de Abraham, el cuchillo se convirtió en el instrumento de un sacrificio simbólico que desde tiempos antiguos implica para el hombre judío la pérdida voluntaria de un aspecto de sí mismo para unirse a una alianza  sagrada superior (Mateo, 112). En el Budismo Tibetano, el phurba o daga del ritual mágico, encarna la acción compasiva de la iracunda deidad Vajrakilaya. La triple hoja del phurba significa las herramientas espirituales que cercenan las raíces de la ignorancia, el deseo y el odio, que envenenan la existencia humana (Beer, 246-7).

Aún hoy, el cuchillo sirve y representa simbólicamente al intelecto humano que corta a través de lo superfluo y confuso, analíticamente separa y diferencia, pero también es capaz de hacer disecciones llenas de soberbia y vacías de alma. El cuchillo está implicado en la intimidad perversa de la automutilación compulsiva y la búsqueda de la vivencia mediante el dolor. Psicológicamente se personifica en los ataques sorpresivos en las dinámicas inconscientes de afecto y agresión, que se encarnan en asaltantes que irrumpen con violencia y afligen nuestros sueños, o figuras míticas como el egipcio Set, cuyo atributo es el cuchillo de pedernal. El cuchillo puede representar un instrumento de destrucción absurda pero también es una insuperable herramienta de deconstrucción y adaptación. En palabras de T. S. Eliot, el cuchillo mítico, como el escalpelo del cirujano, “cuestiona la parte descompuesta”, la diestra herida que precede a la síntesis.

Beer, Robert. The Encyclopedia of Tibetan Symbols and Motifs. Boston, 1999.

Matthews, Boris. The Herder Dictionary of Symbols. Wilmette, IL, 1993.



(Tomado de The Book of Symbols – Aras – Taschen)

domingo, 22 de abril de 2012

El laberinto (entrar y salir del inconsciente)


El laberinto de la Catedral de Notre Dame está en el eje central de la nave de tal forma que la ventana de la gran rosa pudiera, si fuera doblada, casi solaparla (Doob, 13), y uno no podría alcanzar el altar principal sin enredarse en sus giros. Entre la rueda dentada exterior, con sus puntiagudos dientes y los festoneados pétalos de la flor central yacenlas espirales con apariencia intestinal, en un vaivén circular, con un patrón regular que va de cuarto a cuarto y luego de medio a medio, trazando así una cruz dentro del círculo en la forma de un mandala. La cruz, símbolo de la muerte y resurrección de Cristo, lleva al centro, ocupado por la flor de seis pétalos de la Virgen María (a quien está dedicada la catedral), como el principio femenino. El viaje de transformación involucra un descubrimiento de esa realidad (ARAS, 1:67).

El laberinto es un símbolo antiguo cuya compleja y enrevesada forma se encuentra naturalmente en conchas, intestinos de animales, telarañas, en el sinuoso cuerpo de las serpientes, en los remolinos del agua, la estructura interna de las cuevas subterráneas y en las vertiginosas galaxias del espacio, y ha sido siempre grandemente sugestivo para la imaginación. Las espirales y los meandros, precursores del laberinto, han sido encontradas entre las pinturas rupestres de los pueblos prehistóricos, con frecuencia esculpidas sobre o cerca de figurillas de diosas, animales tallados, paredes de cuevas y umbrales. Estos espirales laberínticos representan el pasaje simbólico desde el entorno visible de lo humano a la dimensión invisible de lo divino, volviendo a trazar el viaje que las almas de los muertos habrían tomado para reingresar al útero de la madre en su camino al renacimiento (Baring, 24-5).

Los temas de tejer e hilar, evidentes en la imagen de la casa del dios creador Siuhu, cuyo laberinto protector que lo rodea es tejido, como tela de araña, directamente en el patrón de la cesta que lo adorna, son congruentes con la idea del fatal devenir de los giros y vueltas de la vida. El hilo dorado de Ariadna, que Teseo desenrolló a lo largo de su descenso a matar al Minotauro, proveyó el “ovillo” que le permitiría encontrar la salida. En los Upanishads, el hilo (Sutra) es descrito como enlace “de este mundo al otro mundo y a todos los seres” (Stevens, 4). De modo mercurial, el movimiento a través del laberinto cambia de rumbo una y otra vez, dando vueltas, creando una danza cuyos pasos eventualmente tejen recipiente lo suficientemente fuerte para sostener lo que originalmente era una intolerable experiencia. Un patrón trascendente que eventualmente emerge, que lo eleva a uno a un nuevo punto de ventaja, como las alas de Dédalo ideadas para escapar de la prisión laberíntica que él mismo había creado (el laberinto de Creta) (EoR, 8:411-12).

El propósito de la frecuente inclusión en el laberinto en ritos iniciatorios es perturbar la consciencia temporalmente hasta el punto en que el iniciado se confunda y simbólicamente pierda su camino, o su marco de orientación racional, lineal. El alquimista chino más antiguamente conocido, Wei Po-yang (siglo II C.E.), hable de una región “cerrada por todos lados, su interior hecho de laberintos intercomunicados,” donde Chen-yen, el hombre completo o verdadero, está oculto en la oscuridad. Intentar entrar racionalmente a esta región “no es agradable al tao del principio femenino (yin)” y  conlleva un gran peligro. La actitud apropiada para aproximarse a este escondido espíritu divino requiere la completa cesación de pensamiento y aflicción (CW 13:433)

La naturaleza esencialmente dual, paradójica, del laberinto es a la vez circular y lineal, simple y compleja, histórica y temporal. Contenida dentro de un espacio compacto, un camino largo y difícil que constantemente retorna sobre sí mismo, conduciendo enrevesadamente a un misterioso e invisible centro. Desde dentro, la visión es extremadamente restringida y confusa, mientras que desde arriba uno descubre un talento artístico y un orden. Así el laberinto simultáneamente incorpora confusión y claridad, multiplicidad y unidad, aprisionamiento y liberación, caos y orden (Doob, 1-8). Esta dualidad paradójica refleja el propósito psicoterapéutico de tantear el camino de uno a través del sufrimiento, la oscuridad y la confusión, con el objeto de construir una capacidad de mayor comprensión (“insight”) y perspectiva, aumentando así la personalidad. Sobre el camino a través del laberinto, una vez que ha sido alcanzado el centro o la meta, el camino de vuelta siempre será completamente nuevo.
Baring, Anne y Jules Cashford. The Myth of the Goddess: Evolution of an Image.
London and NY, 1991.
Doob, Penelope Redd. The Idea of the Labyrinth from Classical Antiquity through the Middle Ages. Ithaca, NY, 1990.
Robertson, Seonaid M. Rosegarden and Labyrinth: A Study in Art Education. Dallas, TX, 1989.
Stevens, Anthony. Ariadne’s Clue. Princeton, NJ. 1998

(Tomado de "The book of symbols" ARAS-Taschen)

viernes, 30 de marzo de 2012

Equilibrio desde lo venusino




Buscar un equilibrio entre el hacer y el placer, trabajando desde lo venusino y no desde lo titánico. Todo es trabajo, como la tela infinita que tejía la joven de "Como agua para chocolate" o como la de Penélope esperando a Ulises.

martes, 20 de marzo de 2012

Senex


El Viejo sabio, Anciano sabio, o Senex, que en latín significa hombre viejo, es un arquetipo de lo Inconsciente colectivo descrito por Carl Gustav Jung. También denominado el Arquetipo del anciano o Arquetipo del sentido. Es a su vez un clásico de la figura literaria, y puede considerarse como un personaje tipo.


En la Psicología analítica de Carl Gustav Jung ejemplos del arquetipo Senex en su forma positiva incluyen al Viejo sabio o a la figura del Mago.

El senex, ha envejecido gentilmente. Su sabiduría no solo se ha incrementado en conocimiento y juicio, sino que ha sabido reconocer que la juventud ha asumido el papel del héroe, y que su posición ha cambiado a una de mentor.


Pero como todo arquetipo incluye su polaridad, éste puede aparecer también en su forma negativa como un padre devorador, ejemplificado en la Mitología griega a través de Urano, o Crono, o también puede aparecer como la típica figura de un viejo estúpido.


El arquetipo antitético, u opuesto enantiodrómico, del Senex es el Puer aeternus.

Hermes


En la mitología griega Hermes (en griego antiguo Έρμῆς) es el dios olímpico mensajero, de las fronteras y los viajeros que las cruzan, de los pastores y las vacadas, de los oradores y el ingenio, de los literatos y poetas, del atletismo, de los pesos y medidas, de los inventos y el comercio en general, de la astucia de los ladrones y los mentirosos. Hijo de Zeus y la pléyade Maya.

El himno homérico a Hermes lo invoca como el «de multiforme ingenio (polytropos), de astutos pensamientos, ladrón, cuatrero de bueyes, jefe de los sueños, espía nocturno, guardián de las puertas, que muy pronto habría de hacer alarde de gloriosas hazañas ante los inmortales dioses.


(Hermes siente el cuerpo sagrado y la psique sagrada. Hermes es el criterio de realidad, lo externo más lo interno, la negociación entre ambos aspectos. Hermes es darse cuenta de: lo emocional, lo económico, del cuerpo relacionado con la vejez)

Jano


Hijo de Urano y de Hécate. Se le representa con dos rostros, el anterior para indicar que conoce todo lo que ha de venir, y el posterior todo lo que ha sucedido. Además tiene una llave en una mano y un bastón en la otra, significando lo primero que abre la puerta del año, razón
por la que los romanos le consagraban el mes de enero, que llamaban «Januarius», y lo segundo que preside los caminos.
Comenzaban los antiguos romanos sus ceremonias religiosas invocando a Jano, porque tenían la creencia de que presidía todas las puertas, todas las entradas y que no se podía llegar sin él hasta donde están los demás dioses.

No tiene equivalente en la mitología griega.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Artemisa y Afrodita


(Tomado de "Los dioses griegos" de Walter Otto)

La bendición de las deidades telúricas está sujeta al gran orden del cual ellas mismas son guardianas. ¡Ay de aquel que lo viole! Las afables bienhechoras se convierten al instante en espíritu maldiciente del que no se puede escapar; son implacables. Este celo en la vigilancia de las sagradas leyes de la naturaleza, esta lúgubre ira contra todos los que las
desdeñan, esta espantosa consecuencia por la que se les pide cuentas, teniendo que responder hasta la última gota de sangre por lo que han hecho —no importa si han obrado de buena fe, si se arrepienten o piden indulgencia—, este carácter severo y amenazante, aparecen en las Erinias con singular aspereza, y de ahí su calificativo: «las Iracundas».

Artemisa:

Es la danzante en praderas estrelladas, la cazadora en las montañas, incluida también la vida humana. Sin embargo, queda siempre la errante reina de la soledad, la hechicera y salvaje, la inaccesible y eternamente pura.
Es la vida brillante, resplandeciente y ágil. Su dulce extrañeza atrae al hombre de manera tan irresistible como fríamente lo rechaza.

Este ser cristalino, sin embargo, está enlazado por raíces oscuras con toda la naturaleza animal, lo infantil, de dulce amenidad y dureza diamantina, tímido, fugaz, desconcertante y bruscamente adverso. Jugando, retozando, bailando y por momentos de inexorable seriedad. Tiernamente solícito y afectuosamente diligente, con el encanto de la sonrisa que compensa toda una condenación, y no obstante salvaje hasta lo espantoso y pavorosamente cruel. Todos éstos son rasgos de la libre y extraña naturaleza a la que pertenece Ártemis. En ella el
fiel espíritu conocedor aprendió a percibir esta eterna imagen del sublime carácter femenino como algo divino.





Afrodita:

Afrodita, genuinamente griega, la diosa de las delicias.

Diosa del mar y de la navegación... La misma magnificencia con que colma toda la naturaleza hizo el mar, lugar de su revelación. Su llegada alisa las olas haciendo relucir la superficie acuática como una joya.

Ella es el divino encanto de la calma marina y de la travesía afortunada y el encanto de la naturaleza floreciente. En forma más hermosa lo expresó Lucrecio (1, 4): «De ti, diosa, huyen los vientos y las nubes del cielo cuando te acercas. Para ti la tierra hace brotar el adorno de deliciosas flores, a ti te sonríe la superficie del mar y, calmada, resplandece la reluciente amplitud del cielo».

Se llama «diosa del mar tranquilo» y hace que los navegantes alcancen el puerto. Eróstrato de Naucratis condujo en un periplo una pequeña imagen de Afrodita comprada en Pafos. De esta manera salvó la nave del naufragio: cuando oraban ante ella, los alrededores de la imagen reverdecieron de mirtos, dulcísimo olor llenó la nave y los navegantes, ya desesperados, felizmente llegaron a tierra (Policarmo, Fragm. Hist. araec. IV, pág. 480). Por lo tanto se llamó «diosa de la feliz travesía», «diosa del puerto»; su oráculo en Pafos fue
consultado sobre la suerte del viaje marino (Tácito, Hist. 2, 4; Suetonio, Tib. 5). Ciudades marítimas la veneraban.

Como en el mar, el milagro de Afrodita se realiza también en el reino de la tierra. Es la diosa de la naturaleza floreciente, vinculada a las Cárites, los deliciosos y benéficos espíritus del crecimiento. Baila con ellas (Odisea 18, 194), se hace lavar y ungir por ellas (Odisea 8,
364), le tejen su peplo (Ilíada 5, 338). Se revela en el encanto florido de los jardines. Por eso se le dedican los jardines sagrados.

El Pervigilium Veneris (13 y sigs.) la canta como reina de las flores primaverales, en particular de las rosas que se abren.

La diosa no permite que se burlen de ella. Puede perseguir con tremenda crueldad a quien cree poder porfiar con su poder. Tiene sus favoritos, para quienes el ser y la vida respiran el placer cariñoso de su existencia. Son hombres en quienes triunfa lo femenino sobre las cualidades genuinamente masculinas. El más famoso es Paris, verdadero tipo del amigo de
Afrodita.

Ella misma es la mujer más bella, no una doncella como Ártemis o llena de dignidad como las diosas del matrimonio y de la maternidad, sino la pura belleza y gracia femenina, rodeada del húmedo brillo del placer, eternamente nueva, libre y bienaventurada tal como nació del inmenso ponto. Las artes plásticas han rivalizado en plasmar esta imagen del amor personificado.

Las Cárites son sus servidoras y compañeras. Bailan con ella, la lavan y la ungen y tejen su vestido. La significación de su nombre, su gracia y seducción (c£rij), Afrodita lo da a Pandora, arquetipo de mujer.

Se habla también del cinto de su pecho que hace irresistible a quien lo posee. En él estaban encerrados todos los «encantos» de Afrodita:

«amor» y «deseo» y «amorosas palabras que hacen perder el juicio al más prudente» (Ilíada 14, 214). Hera se lo pidió cuando quiso excitar el amor de Zeus. Tiempo después se comentó de una bella mujer que turbaba todos los corazones porque Afrodita le había dado el famoso cinto (Antífanes, Pal. Antol. 6, 88). A su alrededor están, además de las Cárites, los genios del anhelo y de la persuasión, Polos, Hímero y «Peitho, la seductora que no conoce rechazo» (Esquilo, Las suplicantes 1040). El hechizo de la rueda amatoria (‡ugx) proviene de ella.

Es muy significativo que esta diosa traiga la felicidad a los hombres —si no se le oponen porfiadamente como Hipólito— mientras que a las mujeres frecuentemente les lleva la fatalidad. Las arranca de su seguridad y pudor haciéndolas infelices con una pasión ciega, muchas veces criminal, por el hombre ajeno.

Sólo esta diosa del eterno milagro amoroso puede brindar la paz mundial, dice Lucrecio en el principió de su poema doctrinal (1, 31 y sigs.). El mismo dios de la guerra, herido profundamente por el amor, se arroja infinitas veces en sus brazos y la mira de hito en hito en amartelado éxtasis.

Entonces emana suavemente el ruego de los labios de la diosa: «¡Oh, da la paz a los tuyos!».